En la década de 1970, en plena guerra fría y en el auge de la rivalidad geopolítica argentino-brasileña, por las cancillerías latinoamericanas corría una afirmación: la presa hidroeléctrica de Itaipú no sería posible si alguno de los competidores tuviese la bomba atómica. No fue casual que en mayo de 1974 el general Ernesto Geisel, cuarto presidente de la dictadura militar brasileña, anunciara en Cochabamba, durante una reunión regional, que su país había suscrito un acuerdo nuclear con Alemania que, si quisiese, le permitiría producir la bomba atómica. El continente tembló. Brasil se adelantaba a su rival financiera y tecnológicamente. El acuerdo le confería ventaja en la carrera geopolítica precisamente cuando los precios crecientes del petróleo hacían crujir su maquinaria industrial. Al final, Itaipú fue posible y Argentina construyó una presa menor (Yaciretá). La tranquilidad se restableció cuando los rivales decidieron entrar en concordia, y en paz y amor se juntaron para fundar Mercosur, al lado de Paraguay y Uruguay. La de Itaipú fue una de las grandes maravillas contemporáneas. Produjo una revolución en la matriz energética brasileña. Entre el 20% y 25% de la energía que consume sale de sus turbinas que generan 14 millones de megawatios. Será la presa más poderosa del mundo hasta que empiece a operar plenamente las Tres Gargantas, en China, que generará 18 millones de megawatios.
Estas cifras miden los esfuerzos de nuestro vecino por su independencia energética. Pero la hidroenergía no es tan confiable. Depende del humor de San Pedro. Y hace algunos años hubo una sequía que redujo gravemente las aguas de las presas brasileñas. Ocurrieron apagones y racionamientos que alteraron la vida ciudadana y llevaron a nuestro vecino a apretar el acelerador del viejo proyecto de gasoducto Bolivia-Brasil. Entró en juego el gas boliviano con el que se esperaba disminuir la dependencia de la hidroelectricidad (90%!). El idilio con el gas boliviano duró pocos años. Vino Evo Morales e intervino los campos que operaba Petrobras. Con el gas boliviano no se podía contar como se esperaba.
Los brasileños dicen que Dios es brasileño y, como para darles razón, vino la apertura del negocio petrolero a los capitales externos capaces de desplazar dinero en volúmenes de los que que Petrobras carecía. Y entre otros descubrimientos, ocurrió el de ricos yacimientos en subsuelo marino, a 6.000-7.000 metros de profundidad. Un negocio capaz de extraer petróleo por un valor de cientos de miles de millones de dólares, muchas veces más las fortunas que habrá que invertir entre 2008 y 2012. Y puede haber un valor igual o mayor en otra capa petrolífera más profunda.
Pero ahora entra en escena Fernando Lugo, el presidente que puso fin a la dinastía Stroessner, frecuentemente despótica y corrupta. Y se viene una batalla de precios. Lugo quiere que a Paraguay le paguen mejor por el 50% de la electricidad que le toca de Itaipú, que ahora vende a Brasil. Los astros le son menos favorables, pues Brasil puede pronto comenzar a producir petróleo submarino que le daría cierta fuerza negociadora. Brasil seguirá contando con Itaipú, que, al fin y al cabo, es binacional. Pero es muy probable que tenga que pagar más. Una cosa es cierta: Paraguay y Brasil no romperán. Ambos se necesitan y saben aplicar el concepto de la buena dependencia.
A concluir el contrato con Bolivia en 2019, a Brasil le tocará repartir las cartas. Evo Morales probablemente no esté en el escenario, pero su recuerdo estará indeleble en la diplomacia brasileña. Especialmente su frase: Quiero consultar a mi hermano mayor en las grandes decisiones de mi gobierno.
Las tropas bolivianas ocuparon Petrobras el 1 de mayo de 2006 y el presidente Luiz Inacio Lula da Silva fue de los últimos en enterarse.
(*) Premio Nacional de Periodismo 2007. http://haroldolmos.wordpress.com