La Asamblea Constituyente ha sido puesta en receso durante un mes, con la esperanza que hasta entonces estén superadas las dificultades que la colocaron en el umbral de un colapso irreversible. Como en los casos de hibernación, en que unos pocos multimillonarios han decidido que sus restos permanezcan hibernados a temperaturas próximas al cero absoluto (-273º) mientras la ciencia trabaja para curar los males que provocaron su partida –que ellos esperaron fuese temporal- de esta vida. En esas esperanzas juega mucho el azar. La espera puede ser de meses, años, décadas, quien sabe si de siglos. En el caso de la AC no hay señales ni remotas de que los males que llevaron a su deceso temporal (¿?) serán superados en 30 días. Para comenzar, hay quienes dentro de la propia Asamblea quisieran que la partida fuese definitiva.
Algunas preguntas claves para los próximos 30 días (acaba de pasar uno): ¿Renunciará el MAS a su visión de país plurinacional, comunitario, libre, independiente, soberano, democrático, social, descentralizado, con autonomías territoriales, cuyo debate sobre su pasaje de la verborragia incomprensible a la práctica estuvo entre las causas que atascaron las ruedas de la Constituyente? O ¿aceptará sumiso el mandato legal de los dos tercios para todas las decisiones constituyentes? O ¿dejará de regatear la cuestión de las autonomías departamentales? ¿Insisitirá en la reelección presidencial indefinida? ¿Seguirá oponiéndose a que la Asamblea trate el tema de la capitalidad plena que reclama Sucre para sí? Y la oposición ¿dejará de ver un paso siniestro en toda movida del MAS? En otras palabras: ¿se restablecerá la mutua confianza?
Si lo consiguen, los de la platea aplaudirán hasta ampollarse las manos. Yo me reservo una razonable dosis Santomasiana de duda.
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