Chávez, Lula y Mercosur (Posted on July 14, 2007)
Por HAROLD OLMOS
Mucho antes que el siglo pasado llegara a la mitad, un insigne venezolano acuñó una frase que aguijonearía a su país a lo largo de la centuria, y aun después. ” Hay que sembrar el petróleo”, dijo Arturo Uslar Pietri. No le hicieron caso. Después, en los años de 1980, cuando los precios del petróleo se disparaban incendiados por las guerras en el Medio Oriente, Uslar recordaba que las arcas de Venezuela, entre 1970 y 1983, habían recibido más dinero que el que recibió toda Europa occidental del Plan Marshall, lanzado por Estados Unidos para la reconstrucción del viejo continente. Europa se levantó y alcanzó a Estados Unidos en bienestar. Pero Venezuela no había cambiado como se podía haber supuesto con tanta infusión de dinero. Tampoco parecían levantados los soportes requeridos para un crecimiento sustentado en el tiempo. Por esa época era impresionante la vista de los rancheríos al recorrer la carretera construida por la dictadura de Marcos Pérez Jiménez desde La Guaira hasta Caracas. El dinero que ingresaba a raudales no había conseguido hacer de Venezuela un país homogéneamente moderno, menos aún igualitario. Sobre esa incapacidad administrativa, sumada a una colosal corrupción, cabalgó el descontento sobre el que se montó el teniente coronel Hugo Chávez para llegar a la presidencia.
En estos últimos años, el petróleo ha batido de nuevo todos los récords. Antes, pensar en un petróleo a 50 dólares el barril era una pesadilla. A estas alturas, con el barril encima de los $70, aquel precio de pesadilla sería una bendición para los consumidores, ricos y pobres. Con un precio conservador de $40-50 el barril (2,1 millones de barriles de exportación diaria en 2004), los ingresos de Venezuela serían ahora de casi $100 millones diarios, o 3.000 millones al mes y 36.000 millones de dólares al año. Dinero, entonces, hay de sobra. Pero los indicadores sociales de Venezuela continúan configurando al país como nación en desarrollo.
“Venezuela –dice el periodista y economista Norman Gall, en un denso estudio sobre aquel país- sirve como un ejemplo sobre los costos de la degradación y del fracaso de las instituciones públicas. La historia de Venezuela muestra el impacto de la oleada de los ingresos petroleros sobre instituciones débiles. ..Venezuela inspira tristeza, miedo e indignación frente a lo que este desorden pueda traer.”
El estudio (www.braudel.org.br) es raro en la abundancia de detalles que ilustran muchas de las peculiaridades venezolanas y de Chávez en particular que, a su vez, explican algunos de los temores del congreso de Brasil y de Paraguay para aprobar el ingreso de ese país al Mercosur. Entre ellos, la compulsiva tendencia de Chávez a involucrarse en asuntos de otros países.
Hace algún tiempo, el presidente Luiz Inacio Lula da Silva comentó a un periodista que hablaba mucho con su colega venezolano Hugo Chávez y que solía aconsejarle comportarse de modo que no crease problemas a otros países. Era la época en que Chávez se preparaba para plantear su ingreso a Mercosur. Ahora, la cautela de los congresos de los dos países en franquear el acceso venezolano ha irritado al líder de ese país. Chávez dijo que si hasta septiembre ese ingreso no está expedito, no le interesará más ser parte del grupo. Con Venezuela dentro, Mercosur ganaba un poder financiero formidable (un PIB de 172.000 millones de dólares , 20 veces el de Bolivia, que se sumaba a los de Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay para conformar una pastel holgadamente superior al billón de dólares, o al trillón, en la medida estadounidense.) La respuesta no se hizo esperar. El canciller brasileño Celso Amorím dijo que Chávez debería pedir disculpas al congreso de su país, que no acepta, dijo, ultimátum alguno de nadie. Y el senador paraguayo Juan Carlos Ramírez, de la comisión de relaciones externas, consideró las declaraciones de Chávez “un insulto”. Anunció que Paraguay se tomaría todo el tiempo necesario para pronunciarse. Chávez puede sentarse a esperar y entretanto arreglar las valijas que apenas había abierto.
Las relaciones entre el Brasil de Luiz Inacio Lula da Silva y la Venezuela de Chávez han pasado de una condición de mutuo afecto a un progresivo enfriamiento. Para felicidad de sus industriales, Brasil encontró en Venezuela un mercado pródigo para sus exportaciones, pero eso no ha evitado que, poco a poco, el tono cordial que predominaba bilateralmente se convirtiese en lenguaje de confrontación. La Bolivia de Evo Morales no es extraña a ese proceso. Su inicio puede ser demarcado el 1 de mayo de 2006, cuando Bolivia nacionalizó (¿será?) Petrobras y ocupó militarmente, en un despliegue de fuerza innecesario, sus instalaciones. Mientras Venezuela puso a PDVSA “a la orden”, Petrobras y las demás empresas acusaron recibo del golpe y congelaron sus planes de inversiones. Resultado: hay incertidumbre sobre la industria hidrocarburífera boliviana. Puede Bolivia expandir sus mercados (Brasil no quiere comprar más allá de lo contratado)? Puede cumplir los compromisos actuales con Brasil y los futuros con Argentina y a la vez cubrir su demanda interna? Cuál es el nivel real de sus reservas, al parecer en acelerada declinación?
Poco a poco se vuelve evidente que Bolivia nunca debió malograr la relación con Brasil, el único vecino capaz de incorporarla a la economía global. Morales prefirió privilegiar las relaciones con la distante Venezuela y sacrificar las que existían con Brasil. Hoy las ventajas iniciales de la nueva política petrolera se diluyen comparadas con las oportunidades perdidas.
Qué efecto tendría sobre la Bolivia de Morales que Chávez se aparte de Mercosur? Del bloque Bolivia es sólo un socio de sus cuatro miembros y perdería al aliado íntimo, que podría haberle servido de puente de diálogo con el grupo. Crecería su aislamiento ante los dos bloques regionales, pues Chávez ya dispuso la salida de Venezuela de la Comunidad Andina. En suma, como en el lenguaje militar, aparecería un nuevo “daño colateral”.