Dar sentido a las cifras

Billones y trillones; pies cúbicos y metros cúbicos. A juzgar por la soltura con la que las cifras y las medida son desplegadas rutinariamente, el país está conformado por expertos que con una mirada aferran números siderales y procesan su significado. Estos días todos los medios destacaron la noticia que vino desde la Presidencia del Estado Plurinacional: Bolivia contaba con reservas de gas natural que el pasado diciembre llegaban a 10,45 billones (trillones ingleses) de pies cúbicos, un aumento del cinco por ciento respecto a la cantidad registrada cuatro años antes  por una medición certificada. Los que lograron procesar al instante la magnitud de la cifra y expresarla bajo una forma más cotidiana y vulgar podrían concursar para un premio a la lucidez.
Desde hace años, al público boliviano se le informa que los contratos de exportación están calculados en metros cúbicos. A Brasil se le venden 31 millones de metros cúbicos diarios. A la Argentina exportamos cerca de 20 mm3 diarios. El consumo nacional está en unos 10 mm3. Llegamos así a una producción superior a 60 mm3 diarios. El salto hacia pies cúbicos no hace sino marear. La cifra brindada por el gobierno habría sido más sencilla y manejable si el anuncio oficial hubiese dicho que el volumen certificado garantizaba la producción y exportación durante unos diez años al ritmo presente, cualquiera que sea la forma en la que se la exprese, pies cúbicos o metros cúbicos. (Y tal vez menos, podría decirse, pues las reservas nunca son extraídas hasta llegar a cero y se las cierra, como en las cuentas bancarias. Salvo que esa previsión esté de alguna forma ya contenida en los cálculos oficiales. La cuantificación anterior no incluye proyectos industriales como petroquímica o El Mutún.)
El anuncio ha causado perplejidad. La cifra es inferior en cerca de un 10 por ciento respecto a otra anunciada en mayo por autoridades de YPFB (la información está en la red.) Los nuevos datos han aumentado la ansiedad generada por la urgencia de incrementar substancialmente las reservas del recurso que por ahora representa el sueldo de Bolivia. Parafraseando la obra monumental de Daniel Yerguin sobre el surgimiento y expansión de la industria petrolera en el mundo (The Prize, 1992), para Bolivia, el gas hace posible “dónde vivimos y cómo vivimos”.
Los volúmenes certificados son una porción de los que circulaban a principios de la década pasada, cuando se llegó a creer que el país guardaba el segundo mayor reservorio gasífero del continente después de los que tiene Venezuela. Pero se trataba de cifras meramente especulativas, Desde entonces, el total de esas reservas ha estado encogiéndose en un proceso que aún no logra ser revertido.

Hacia nuevos paradigmas

Corren los días y empieza en Brasil un debate más sereno y profundo sobre el descalabro que sufrió su selección en el mundial para el que tanto se preparó y del que ni en pesadillas esperaba tanta amargura. Entre los conceptos que emergen del debate está la confianza en que lo ocurrido ayudará al país a sentar bases para crear nuevos paradigmas, especialmente para los jóvenes.
Una sociedad no puede marchar firme en el tiempo si los jugadores de fútbol son una referencia más relevante que la de otros segmentos que miden el progreso y modernidad de una sociedad. Si en las horas de recreo se grita por una estrella del fútbol, llámese Romario, Bebeto o Neymar, y poco se escucha de Osvaldo Cruz (uno de los mayores epidemiólogos de la historia médica), Carlos Chagas (investigador notable, descubrió el mal de chagas) o Euryclides Zerbini (pionero de los trasplantes de corazón) hay un desequilibrio en la formación de los jóvenes que reclama corrección. Parte de ese desequilibrio se origina en el bullicio de los medios en torno a los deportes o las frivolidades y a la escasa relevancia que se confiere a valores más permanentes.
La educación, los inventos, la investigación, el Premio Nobel, iluminan y marcan tanto o más a una nación que sus estrellas de fútbol. Es sugestivo que esa desproporción de paradigmas sea más patente en las regiones del noreste, las menos desarrolladas de Brasil, donde la educación es también un sector poco favorecido. O curioso también que la inauguración de un campo de fútbol concite más interés y recursos que un centro médico.
Hace dos meses, el Financial Times publicó un estudio con la tabla de posiciones de 40 países tras pruebas estudiantiles de matemáticas, ciencia y lectura. Brasil ocupó el penúltimo puesto, sólo mejor que Indonesia. En los tres primeros lugares aparecían Finlandia, Corea del Sur y Hong Kong. Los países latinoamericanos no tenían mucho para alegrarse pues figuraban entre los cinco peores. Chile estaba en el puesto 33, Argentina en el 35, Colombia en el 36 y México en el 39. En otras mediciones, Uruguay y Costa Rica están entre los primeros de la región.
Los cambios que puedan producirse a raíz del colapso futbolístico están por verse y pocas dudas cabe de que orientarán decisiones. Darle una interpretación política a cualquier consecuencia es, a estas alturas, hilar demasiado delgado. Pero como nación vecina de Brasil, para Bolivia es importante detectar y observar con los ojos bien abiertos los caminos que empiecen a aparecer.

(*) Publicado en El Deber, Sata Cruz, 21-07-2014

G77 bajo Sombrero de Saó

Apenas empezaban a sonar las primeras notas de una de las  canciones  más conocidas de Bolivia y entre las más populares del continente  cuando el presidente ecuatoriano Rafael Correa, brazos alzados al cielo, empezó a batir palmas y a corearla a voz en cuello, claramente audible en la transmisión que hacía de la fiesta el canal televisivo del estado.  A su lado, el presidente Evo Morales tarareaba la canción que, por lo que se veía, también conocía de  memoria, como el colega de quien era anfitrión aquella mañana del  sábado 14 de junio en el estadio Tahuichi Aguilera. El entusiasmo de ambos, con la voz de Correa decibelios más alta que la del dueño de casa, avivó el de la multitud y pronto todo el estadio tarareaba Sombrero de Saó.

Pedro Shimose, el compositor, reaccionó con una carcajada seguida de un ¡caramba! cuando le conté  lo que acabo de escribir. Ese  día, hará un par de semanas, era excepcionalmente bueno para hablar por teléfono vía Skype y aproveché para hurgarle la memoria y lograr que me contase cómo había nacido la canción. Deduzco que la inspiración ocurrió a principios de la década de 1960, cuando Shimose cursaba el último grado de la secundaria en el Colegio Nacional Pedro Kramer, una  joya de la educación de tiempos  idos en Riberalta, y junto con  dos compañeros formaba un trío de voces y guitarras. Sergio Núñez del Prado, Orlando Bravo (ambos ya fallecidos) y Shimose  crearon el Trío Los Cometas que interpretó la canción, fruto de una historia real.

Una sucesión de escenarios y personajes fue la cuna de Sombrero de Saó. Las imágenes de Feliciano (Chano) Cuéllar, un compañero de Shimose, y el profesor Gumersindo (Chindo) Herrera, del mismo Colegio Kramer; los potreros colindantes con la pista de aterrizaje, la avenida que se proyectaba recta desde la orilla del río partiendo el lugar por la mitad, y los mangales tupidos al ingreso al cementerio general, todas estuvieron nítidas en la historia que pasó a contar. Como sucede en la creación artística, Shimose hizo una amalgama en la que cuajó la canción.

“Una tarde  me encontré a Chano Cuéllar empalcado (montado) en una de las tranqueras de un corral al lado de la pista donde se encerraba al  ganado que venía desde las pampas rumbo al matadero. Riberalta era (un pueblo) tan pequeño y tan familiar. La carne no venía en aviones sino a pié.”

Uno se imagina ese cuadro poco inspirador que en la memoria de Shimose, sin embargo, fue detonante para su historia. Su compañero debe haber tenido tal expresión sombría que el compositor no pudo sino aproximársele. “Lo vi muy deprimido. Siempre fui periodista y le pregunté qué pasaba. Me contó la historia: lo habían corrido de la casa de la muchacha que él quería diciéndole lo que yo cuento en la canción.”

En Riberalta, donde los sobrenombres solían ser tanto ingeniosos como malintencionados, había un personaje popular a quien le decían “Tiravida”, que vivía cerca de los mangales que llevaban al cementerio general. Shimose recuerda que el apodo subrayaba el carácter jovial y amiguero de Rodolfo Rivera,  a quien no se le conocía un desempeño descollante pero sí su condición de “bon vivant”. Asociando el carácter del personaje, el sobrenombre que lo identificaba y la amargura amorosa que había vivido su compañero Feliciano, Shimose compuso la música y escribió las palabras. En ese proceso surgió el diálogo inquisidor y pícaro que se tradujo en “Oí, flojo, tiravida sinvergüenza qué querés; a su hija, doña esta, a quién más ha de ser…”

La canción habría quedado circunscrita a grupos de amigos pero alguien la grabó y después la interpretó un cantante conocido de la época, de quien Shimose sólo recuerda que era de Reyes y que se llamaba Arturo. Después vino el Trío Oriental, el alegre conjunto trinitario que la lanzó a la fama. “Les estoy eternamente agradecido”, subrayó. “Ellos fueron los que grabaron la canción en forma discográfica y la lanzaron al mundo”.

Hizo una contextualización más amplia de la canción, que rápidamente ganaba espacios en la radiodifusión de gran parte del mundo. “No es una hipérbole porque entonces gracias a la guerra fría (a fines de la década de 1960 y principios de la siguiente) todas las emisoras europeas, comunistas y no comunistas, tenían una sección dedicada a América Latina. En el hit parade de los programas de difusión de la música latinoamericana, siempre aparecía Sombrero de Saó. La BBC la difundió, y nunca me pagaron derechos. También lo hizo Radio Moscú, que tampoco pagó regalías; también en Francia y en Italia la canción sonó muchísimo, incluso en Estados Unidos, vía La Voz de América, pero ninguno pagó. No recibí un solo dólar, pero ahí está la canción”.  

Le pareció curioso que la hubiera cantado el presidente ecuatoriano y eso trajo una anécdota.

“Viajaba en el Metro de Madrid y escucho a un cuarteto de cantantes y músicos cantando Sombrero de Saó en una espléndida ejecución. La interpretaron maravillosamente. Lo recuerdo muy bien, pues me emocionó. No sabía que eran ecuatorianos y pensé que eran bolivianos. Me les acerqué.”

-¿De dónde son ustedes?

-Ecuador.

-¿Saben quién es el autor?

-No, no lo sabemos.

-Gracias por hacerme escuchar esa canción.

-Nosotros la cantamos siempre. Es muy linda…

Son curiosos también los giros del destino que permiten que un autor se encuentre a menudo frente a su propia creación. Estaba con su familia almorzando hace algún tiempo en un restaurant madrileño y un conjunto musical interpretó, por supuesto, Sombrero de Saó.

“Me les acerqué para agradecerles creyendo que eran compatriotas. Y sucede que no eran bolivianos. Uno era dominicano, el otro –no recuerdo bien- creo que era colombiano. Y así la canción ha ido rodando. Es curiosa esta historia”.

P.S. Esta mañana comenté esta nota con Shimose y de la conversación emergieron otros detalles. Entre los intérpretes famosos de la canción estuvieron la banda chilena Los Curacas, Los de Salta, Horacio Guaraní, Gladys Moreno, Gisela Santa Cruz y al menos un par de docenas más sólo en esta parte sur del mundo. Una búsqueda rápida en la internet puede confirmar la magnitud y extension que tuvo. Algo más. El nombre de quien grabó la canción y la interpretó primero fue Arturo Téllez, un conocido cantante de Reyes que por esos años vivía en Riberalta.   

 

Cerrar los ojos

Uno de los más recientes vaticinios en Bolivia sobre la muerte inminente del capitalismo ha venido de Cochabamba hace pocos días, en una declaración de la Federación Sindical Mundial, pronta a cumplir 60 años, y la Central Obrera Boliviana.   Con la adhesión del gobierno boliviano, las dos organizaciones realizaron un encuentro y su documento final  (tesis antiimperialista, lo llaman) resume en una decena de páginas el pensamiento de sus líderes. La declaración abre con frases de Hugo Chávez y Evo Morales, identificados con el vaticinio de la muerte inminente del sistema imperante en casi todo el mundo, de China a Venezuela, pasando por Bolivia y en camino a re-emerger en Cuba.

El documento asegura que el capitalismo está en crisis “como nunca antes” y  que, como resultado, existe un desasosiego mundial. Asigna a los sindicatos la tarea de revivir el socialismo que expiró tras la caída del Muro de Berlín, en 1989, y el consiguiente desplome de la entonces Unión Soviética. Es decir, encomienda a los sindicatos la tarea “urgente y necesaria” de hacer lo que Rusia y todos sus satélites no pudieron a lo largo de gran parte del siglo pasado. Ese socialismo debe ser construido, dice el documento, libre de “los retrasos y debilidades que tenía el primer esfuerzo de su  implementación”.  No detalla esas debilidades ni retrasos (¿?), pero es sensato creer que también se refiere al fracaso de la economía centralizada y la quiebra generalizada de las empresas del estado, a los campos gigantes de concentración y de tortura, y al  cierre de todos los  horizontes de libertad en las sociedades donde se instaló.  Contradictoriamente, ese es el modelo, ya muerto y enterrado sin pesar ni condolencias, que aquellas federaciones de sindicatos quieren revivir. ¿Será?

Es posible suponer que los redactores y firmantes del documento procuraron ignorar que en Cuba acaba de ser aprobada una nueva ley de inversión que destaca que gozan de plenas garantías y no podrán ser expropiadas las inversiones extranjeras asentadas o que se asienten en la isla. Es dudoso pensar que esas inversiones vayan a ser guiadas, en su esencia, prescindiendo de los principios que rigen al capital.  Claro, la ley vale para los capitales privados externos. Dentro de Cuba no los hay.

Hay una tendencia a esconder la cabeza ante la realidad. En un seminario reciente en La Habana se afirmó sin rubor que las “bolsas de valores y la ‘economía real’ están estancadas y sin capacidad de generar ganancias”.  Justo en esos días, la bolsa de valores de Nueva York había roto todos sus récords y superaba los 17.000 puntos, más del doble del volumen que registraba seis años antes. De igual manera, la economía de Estados Unidos registraba uno de sus niveles de desempleo más bajos, con 6,1% de su fuerza laboral.

Jean Francois Revel, el pensador francés más crítico del comunismo real, el que el mundo efectivamente vivió,  decía en una entrevista: “Las políticas liberales se extienden en todo el mundo y, al mismo tiempo, en el plano ideológico, la insurrección contra el liberalismo se hace muy intensa. Se puede encontrar en un sistema liberal toda suerte de defectos, de injusticias, de desigualdades, justamente porque no parte de una construcción ideológica sino de un manejo de la realidad, que es siempre compleja. Las ideologías, como elaboraciones teóricas, son perfectas. La realidad nunca lo es.”

Agregaba: “Son las sociedades liberales las que establecieron los grandes sistemas sociales. A ellas pertenecen la seguridad social, los subsidios familiares, las indemnizaciones por desempleo y otras prestaciones substanciales.”

Algunos sindicalistas y políticos se empeñan en buscar el socialismo que dejó de existir y cuya muerte se niegan a admitir.  En una reunión hemisférica, el entonces presidente de Costa Rica, Oscar Arias, recordó a los mandatarios de la región, incluidos los de Bolivia y Venezuela, que cualquiera que pasase por las universidades públicas del continente pensaría que muchos no se han enterado aún de la caída del Muro de Berlín. Nadie  lo contradijo. En noviembre serán 25 años de ese colapso, pero sus deudos cierran los ojos y pretenden que no sucedió.

Jaime no va, Evo no debate

Las conjeturas que desde comienzos de año circularon sobre un retorno de Jaime Paz Zamora a la palestra política pública no se han verificado y para estos días se espera un pronunciamiento del jefe nacional del MIR o de alguno de sus dirigentes nacionales. Desprovisto de personería jurídica, agobiado por el virus que ha llevado a los partidos políticos tradicionales al borde de la extinción, Paz Zamora no tendría nada para ganar lanzando su nombre al cuadrilátero político que se ha levantado con la vista en las elecciones del 12 de octubre. En momentos en que hay una desconfianza extendida hacia la capacidad de los partidos de aglutinarse y forjar un programa que entusiasme al país, un ingreso del ex presidente (1989-93) a aguas cuya turbulencia empieza a prevalecer, sólo daría la imagen de una mayor división, opinan quienes están cerca del ex caudillo del partido que buscaba representar un puente generacional hacia bien dentro del Siglo XXI.
El quiebre de la alianza que representaba el Frente Amplio puso límites a ese movimiento, ahora básicamente circunscrito a la Unidad Nacional (UN) del candidato Samuel Doria Medina y al Movimiento Democrático Social (MDS) de Rubén Costas. La salida de José Antonio Quiroga y Loyola Guzmán del FA ha restringido el acceso hacia las corrientes de izquierda. Si la incorporación del ex gobernador beniano Ernesto Suárez Sattori, una estrella emergente de la constelación política boliviana, fue como un dinamo  para el FA, el alejamiento de Quiroga y Loyola mutiló su salida hacia las corrientes de izquierda moderna que yacen en el país.
El retorno de Jorge (Tuto) Quiroga al escenario permite a la oposición mostrar brillo, pero el hecho de que el ex presidente sea uno de los pocos líderes políticos nacionales verdaderamente articulados (puede decir una oración sin atropellarse ni ofuscarse, subraya Humberto Vacaflor) no aumenta el peso específico electoral que debe ser puesto al frente del presidente candidato Evo Morales.
La negativa obstinada del presidente Morales al debate le hace más daño que discutir abiertamente con cualquiera de sus opositores. No será con frases (¡Que vaya a debatir con su abuela!) que convencerá a ese numeroso segmento de bolivianos que piensa y reflexiona. Quizá no podría, de momento, hacer otra cosa. No querer confrontar planes e ideas utilizando un argumento trillado y sin racionalidad (es neoliberal o es de derecha) habría dejado fuera de las elecciones a muchos candidatos en otras partes del mundo. Imaginen si en España, Francia, Portugal o Alemania se dijese lo mismo. No habría elecciones. Pero, con el mismo a argumento, ¿podría el presidente negarse a debatir con Juan del Granado? En el ámbito especulativo, uno se pregunta si Carlos Mesa, con garantía de exclusión del tema marítimo, ingresaría a un debate, así fuera como moderador.
El ambiente pre-electoral empieza a calentarse y ciertamente habrá mucho más que los escarceos de “debate-no-debate” que ahora predominan entre algunos elegibles.

Los dientes y la lengua

(*)
La mordida de Luis Suárez en el hombro izquierdo de Giorgio Chiellini ha sido hasta la semana que pasó la anécdota más célebre de este mundial. La libertad de expresión se ha manifestado vigorosa sin sombra de censura ni de autocensura, conceptos de moda en estos tiempos. Al presidente uruguayo, más locuaz que de costumbre y aguijoneado por el sentimiento nacionalista, se le soltó la lengua más allá de lo debido y dijo que los dirigentes de la FIFA eran una manga de viejos con una mamá de vida íntima promiscua y licenciosa. Además, agregó escépticamente, él no había visto que Suárez “haya mordido a nadie”.
Los medios italianos se prodigaron en denunciar la dentellada que Mujica había puesto en duda. Contradictoriamente, circuló una milonga que minimizaba el episodio con ironía y aseguraba que Uruguay estuvo en el mundial presente jugando hasta con los dientes. Un estribillo decía que el jugador les demostró a los “tanos” (italianos) que los uruguayos juegan con garra, diente y corazón. Y la Asociación Uruguaya de Fútbol pidió un informe forense que determinase si las heridas del italiano habían ocurrido “después del partido…o antes”.
El incidente dio para otros ángulos. El presidente Morales, incansable jugador de fútbol ahora con el número 10 del Sports Boys de Warnes, se cuadró solidario con el astro charrúa y levantó una teoría conspirativa al señalar que “algunos dirigentes de la FIFA están vengándose con algunos jugadores para que los sudamericanos no sigan eliminando a los europeos”. Como para agregar sal a los titulares dijo que “supuestamente” Suárez había mordido a Chiellini. Sus palabras sobre el episodio fueron tan escépticas como habían sido las de su colega uruguayo.
Las dudas tipo Apóstol Tomás de los dos mandatarios fueron zanjadas por los protagonistas: Suárez pidió disculpas y Chiellini dijo que todo estaba olvidado.
Como marco de fondo para los comentarios laterales del episodio podría figurar el viejo dicho irlandés: La lengua es para tenerla detrás de los dientes. (Y los dientes para estar enrejados detrás de los labios.)
(*)Publucado en El Debeer, Santa Cruz, el 7 de julio de 2014

El Festival

Por las huellas de una epopeya (*)

El eco de nueve coros y orquestas del domingo 4 de mayo resonaba en los templos de Santa Cruz y los pueblos misioneros de la Chiquitania, pero los forjadores de este monumento ya pensaban en el siguiente capítulo en la trayectoria de una de las mayores hazañas culturales de Bolivia. Es difícil imaginar otra de su ámbito capaz de superarla: El Festival Internacional de Música Renacentista y Barroca de las Misiones de Chiquitos.

Desde su primera versión hace dos décadas, el festival ha sido un tesoro que Bolivia exhibe orgullosa. Las referencias culturales y turísticas han dejado de circunscribirse solo a Tiahuanacu, el LagoTiticaca, Uyuni o Potosí para incluir a las misiones y su festival en una posición de renombre mundial.

Cada vez con nuevas interpretaciones y arreglos musicales, este año también hubo cientos de participantes. Se presentaron 57 grupos artísticos de 27 países que participaron en 161 conciertos. Con el personal administrativo y de apoyo en los pueblos misionales, el número se triplica y el festival confiere un movimiento notable a la economía de los lugares donde los conciertos son escenificados, desde empleos hasta hospedaje, transporte y alimentación.

“Es el principal festival asociado a una de las épocas de mayor esplendor del tiempo que siguió a la llegada de los españoles”, dijo Marcelo Araúz Lavadenz, hasta el año pasado director de APAC, Asociación para la Cultura, responsable del festival. Detrás de cada espectáculo está casi todo el equipo de personas, la mayoría de buena voluntad, con el que el festival nació.

Cada dos años, el festival deriva en un estado de ánimo que abarca todo el oriente boliviano y que este año llegó hasta el Chaco. “Cada versión del festival ha sido un desafío”, afirmó Araúz, cuyo nombre está asociado al festival desde su nacimiento. La obra de este cruceño ha sido premiada con reconocimientos internacionales como pocos bolivianos, entre ellos el Premio Príncipe Claus, de Holanda, en 2002. Al año siguiente recibió la máxima distinción boliviana: el Cóndor de Los Andes.

Sociólogo egresado de la Universidad Católica de Lovaina, nombre mayor en la educación europea, tras retornar a Bolivia en la década de 1960 afincó su interés en la cultura regional y nacional.

El énfasis de sus expresiones revela el entusiasmo de hace veinte años, cuando “cuatro locos” empezaron a agitar las corrientes culturales bolivianas para levantar el tesoro musical de las misiones jesuitas, cuyos templos empezaban a llamar la atención y revivían un pasado que, en la escala de entonces, fue la revolución industrial del nuevo mundo, pero sin las miserias del viejo.

Los años que evoca Araúz generaron la mayor conjunción cultural por una causa en la historia del país. Solo pocos años antes (1990) las misiones jesuíticas habían sido declaradas Patrimonio Cultural de la Humanidad, una gesta cultural en la que, recordó Araúz, dos personajes cruceños tuvieron un papel vital: Alcides Parejas y Virgilio Suárez. Esa conjunción fue el salto que puso a las misiones como uno de los destinos turísticos y culturales mayores del continente, pese a deficiencias notorias de infraestructura (carreteras, servicios).

“Marcelo Araúz, con su inquieta vida dedicada a la gestión cultural, nos trajo la idea de un festival de música barroca rescatando y haciendo sonar la música conservada en Chiquitos desde la época de las misiones”, recordó Cecilia Kenning de Mansilla, actual presidente de Apac. “Alrededor de una veintena de personas ofrecimos apoyar la idea de Marcelo y nos lanzamos a organizar el primer festival.”
Araúz operó como centro sobre el que convergieron Alberto Bailey, entonces Secretario General de Cultura (había sido llamado desde México, y como autoridad endosó el plan sin retaceos) y los historiadores José Luis Roca García, Parejas y Suárez, fundamentales para la declaratoria de las misiones como patrimonio cultural. Al lado de ellos estaba el Círculo pro Música, en Santa Cruz, que cobijaba a quienes intentaban preservar la herencia arquitectónica y musical de esos lugares.

Amalia Samper y Patricia Rojas ofrecieron traer los coros que dirigían en Colombia si se llegase a organizar un festival escenificado en los templos. Era el sueño de Arauz y, en procura de apoyo, presentó la idea a la UNESCO.

Ocurrió otra coincidencia. Un sacerdote polonés acababa de presentar su tesis en la Georgetown University sobre música colonial y había abordado la de Chiquitos. El polaco Piotr Navrot fue enviado a Bolivia para ampliar su especialización, de la que después sería uno de los pocos eruditos en el mundo. Las aguas del destino se juntaban y el misionero de la orden del Verbo Divino se sumó el grupo que traería de vuelta una porción del esplendor que habían vivido las reducciones jesuíticas.

Para Cecilia Kenning “fue una incorporación providencial. Era una pieza indispensable en el conjunto que, sin calcular todas las proyecciones que habría de tener, empezaba a armarse”.

Con la UNESCO, que poco antes de cumplir 50 años en 1995 había consagrado a las misiones declarándolas patrimonio de la humanidad, ocurrió otra coincidencia: su director en Bolivia Ives de Menorval, un costarricense-francés (su esposa, Patricia Hasbun, es boliviana) comprometido con el propósito de mostrar al mundo no sólo los templos sino con volverlos escenarios de su expresión musical.

El paso siguiente fue convocar al primer festival de música antigua (“aún no la llamábamos renacentista ni colonial”). Del 3 al 18 de abril de 1996 ocurrió el acontecimiento en Santa Cruz, San Javier, Concepción y San Ignacio. Entre otros pilares del evento, estuvo un coro que Araúz consiguió traer desde Alemania, y la interpretación de algunas páginas musicales de las 5.000 originales que los pobladores habían resguardado, a lo largo de más de dos siglos, en tubos que las protegieron de la lluvia y la humedad. (El número es menor al de los tesoros de Mojos: más de 7.000, guardados en el Museo de San Ignacio.)

La idea de escenificar los coros en los templos y de incorporar a los pueblos, como acostumbraban los misioneros, dio lugar a un movimiento febril en toda la región. Tonadas de antaño recobraron vida y los pobladores comentaban incrédulos: ¡“Pero si esta es la música que cantaban mis padres, mis abuelos”!. Araúz dedujo que la música estaba registrada en la memoria de la gente.

En el primer festival participaron 14 coros, inclusive Coral Nova, a cargo de Ramiro Soriano; la Sociedad Coral Boliviana, dirigida por José Lanza; el Coro Santa Cecilia, de Santa Cruz, y el Ensemble Elyma, que trajo Alain Pacquier, el fundador del sello musical francés 617, un centro mundial de música barroca. Tras dos años de gestiones, el festival nació en 1996 con un estreno mundial de la ópera San Ignacio, tomada del Archivo Musical de Chiquitos, que interpretó el grupo traído por Pacquier.

El despliegue de instrumentos fue básico, “con lo que pudimos”, dijo Cecilia Kenning. Hubo que traer dos órganos. Uno fue alquilado y vino de Argentina. El otro fue un portátil enviado por el Ensemble Elyma.

Entre otras novedades, el de abril pasado trajo un concierto de coro y orquesta, escenificado por el grupo boliviano de Arakendar, y otro del también nacional Palmarito, al lado del noruego Nordic Brass, y el inglés RCM London. No menos brillo tuvo el “Corpus al son de los bajones de Moxos”, interpretado por el grupo argentino de Louis Berger, con réplicas de instrumentos de Chiquitos y Moxos.

Las giras de los coros nacionales participantes se han vuelto rutina y son como embajadores de la cultura que se proyecta desde el oriente boliviano. Hace unos días, los jóvenes del Coro de San José retornaron de una gira exitosa por España y Francia.

“Se ha creado un movimiento musical que ha despegado y nos encontramos en vuelo”, dijo Marcelo Araúz. “Hay mucho por delante pero ya estamos en el aire.”
(*) Publiado por el diario Los Tiempos, 06/07/2014